Empezó el cole, los madrugones, las desayunos en tiempo record, los atascos, los libros y las cuentas corrientes temblando. Crees que ya lo tienes todo controlado; compraste los estuches, los lápices, la mochila... Estás tranquila, este año te has adelantado hasta en la compra de los calcetines, ¡si es que no hay quien pueda contigo!
Primer día de cole (segundo, sexto o veintitrés porque por desgracia esto que os voy a contar nos pasa más que a menudo), recoges a tu hijo feliz y sonriente pero conforme se acerca notas que tu sonrisa se va desdibujando: ¡no lleva la chaqueta nueva! (hago incapié en que se borra TU sonrisa, no la suya que sigue tan feliz de la vida).
- Cariño, ¿y la chaqueta?
Le has dicho "cariño" porque en el fondo albergas la remota esperanza de que la lleve en la mochila, hecha un higo eso sí, pero la lleva. Lo que te preocupa ahora es que esté, lo de su estado ya lo discutiremos después.
Te mira fijo,
- La perdí.
- ¡Pero eso cómo es posible! ¡Las cosas no se pierden así como así!
Por supuesto estás alteradísima, la acaba de estrenar, ¡no puede ser!..
STOP, antes de que sientas esa sensación de olla a presión a punto de estallar deja que reflexionemos juntos. ¿De verdad que las cosas no se pierden así como así? Porque estoy convencida de que hay elementos con vida propia.
Sabes por ejemplo dónde está ese otro par de tu calcetín. No se quedó en el tambor de la lavadora ni se me cayó al tenderlo. Dejas al viudo en un rincón del cajón de la cómoda hasta que un día, cansada de verlo allí, solo y triste, decides tirarlo. Pero cuidado porque seguramente ese es el momento en el que aparecerá el que perdiste. Los calcetines pueden ser muy traicioneros ahí donde los ves.
¿Y qué me dices del alambre con el que cierras la bolsa del pan de molde? Olvídate porque ese alambre solo tiene una puesta. Abres la bolsa, lo dejas sobre la encimera, lo miras fijo porque estás segura de que es la última vez que lo vas a perder, hasta lo retas con el dedo índice. Pero le das la espalda para abrir el cajón y ¡zas! desapareció. ¡No puede ser!... sí, puede, así que ríndete, asúmelo y acaba haciendo un nudo será lo más práctico.
A las llaves también les encanta cambiar de sitio. Su mejor momento para moverse es justo cuando estás a punto de salir de casa. Las has visto sobre la mesa de la entrada hace dos segundos pero ahora se fueron quién sabe dónde y por supuesto no las encontrarás en el primer sitio que busques y después de dar mil vueltas a la velocidad de la luz (llegas tarde a trabajar) allí están de nuevo, sobre la mesa, dónde si no. Pero ojo porque no cambian solo dentro de casa, las llaves tienen todavía peor idea que los calcetines y cambian de sitio hasta dentro del propio llavero así que cuando tengas un buen manojo de llaves y vayas a abrir una puerta debes saber que, hagas lo que hagas, tu llave será siempre la última con la que intentas abrir.
Y si unas llaves, un calcetín y hasta un mísero alambre de pan de molde tienen vida propia, quién te dice que la chaqueta de tu hijo no la tenga también.
Con tantas cosas que sería estupendo perder así sin más: peso de vez en cuando por ejemplo, pero no, se pierden las cosas más necesarias; el tiempo, la vergüenza de algunos políticos, el respeto a los mayores, las llaves, los alambres...
En fin, me conformo con que mis hijos no salgan un buen día del cole y me digan que han perdido la esperanza. ¡Eso lo último!

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