Textos

Me gusta
2006


Me gusta meterme en la cama y oler a sábanas recién lavadas. A veces me quedo quieta un buen rato y escucho el silencio, me gusta como suena. No hay cosa más aburrida que tender la ropa, pero es aún peor si la lavadora está llena de calcetines minúsculos y hace un frío que pela. Me gusta abrir la ventana por la noche cuando llueve y oler a tierra recién mojada y a hierba. Odio con todas mis ganas a los payasos de Micolor. Me gusta perderme en el mar de Formentera en el mes de Mayo, sin extraños, ni motos, ni siliconas y pasarme horas debajo del agua mirando los peces. No me gusta el arroz negro ni el olor a Reflex. Me da mucho asco quitar los pelos mojados de la bañera. Hace por lo menos ocho años que no voy a la tienda que está junto a las Torres de Serrano a encapricharme del lienzo más grande y pintar un montón de flores silvestres mientras suena Tannhäuser. No me gusta la hipocresía ni la gente que se cree que los eructos son graciosos. Me encanta columpiarme en el parque cuando los niños se han marchado con las rodillas verduzcas y la camiseta gris. En la facultad, esperaba como una loca acabar el examen de procesal para tumbarme en el sofá gris de casa de mis padres y ver una de Paco Martínez Soria, cualquier cosa antes que seguir pensando. Me gusta el color verde; el de las hojas del helecho que casi nunca riego, el de algunos escarabajos y el de la botella de vino cuando se termina. Hay días en los que no me soporto. Nada mejor que el chocolate puro con almendras enteras y pan crujiente después de comer. Es repugnante sorprender a una cucaracha dentro de mi satén. Me gusta el olor de las palomitas recién hechas, porque lo del cine es secundario. Disfruto viendo cómo los niños se parten de risa, no me importa si eso implica tener que disfrazarme, pintarme como una puerta, ponerme coletas o perder mi dignidad. Me gusto y no me gusto pero eso ya depende del momento.


El cubo
2007


Estaba claro, aquel no iba a ser un buen día; su mujer había hecho las maletas y se había llevado consigo a sus dos churumbeles: “Me ahogo en este pueblucho y los niños necesitan cambiar de aires, conocer a gente interesante y acomodada”. Al llegar a la librería, Manuel le había dicho muy disgustado: “Es imposible cargar con el gasto de tu sueldo, a la gente de por aquí no le interesan los  libros; a lo mejor monto uno de esos cafés con ordenadores, ya te llamaré...”.

Regresó a casa incapaz de asimilar tanto cambio. Al abrir la puerta se encontró con el cubo. Su mujer llevaba semanas exaltada porque en la tienda de Eusebio no vendían el cubo que días antes había visto por la tele, uno de esos que escurren la fregona sin apenas esfuerzo y al parecer había terminado con uno de los pequeños que acaban colocándose debajo del fregadero para echar la basura.
Cerró la puerta despacio y se quedó mirándolo con detenimiento, le pareció precioso; tan reluciente y con ese asa tan plateadita. Cogió el cubo con sumo cuidado y examinó su interior. El diámetro parecía el adecuado. Lo levantó, se lo colocó en la cabeza y corrió a comprobar su aspecto en el espejo del baño. Se miró de frente y ladeó un poco la cabeza. ¡Era perfecto, qué bien le sentaba! Cerró la puerta tras de sí, de pronto frenó en seco, volvió sobre sus pasos y se dio un último vistazo: ¡Genial! Con paso firme salió de su casa y se dirigió a la calle, hacía un buen día. Al pasar por la barbería se cruzó con doña Adela:

- ¡Buenos días!- le dijo mientras se levantaba con suavidad el cubo e inclinaba apenas la cabeza.

La mujer le miró extrañada y sonrió incrédula.

Entró en el estanco para hacer una apuesta. Al verlo, Armando se quedó pasmado y se echó a reír:

- ¿Pero, qué te llevas puesto?- le dijo señalando su original sombrero con el índice mientras sacudía los hombros.

Él ni se inmutó, se acercó al dependiente y al tiempo que hacía tintinear cuatro euros en el mostrador, le dijo:

- Una triple para el jueves.

Guardó su boleto en el bolsillo y volvió a su casa.

Nuestro hombre paseó de esta guisa por el pueblo durante toda la semana. Salía a comprar el pan o la prensa y se sentaba en un banco del parque a ver los transeúntes pasar como siempre hizo. La gente murmuraba y le criticaba: “El pobre no ha podido superar lo de su mujer”, decían unos, “tengo entendido que le ha abandonado por un aviador Ruso y se han ido a vivir juntos a Barcelona”, aseguraban otros. Sus comentarios no le importaba lo más mínimo. Cada mañana se ajustaba su cubo y salía a la calle sin rumbo fijo.

El jueves regresó a casa después de su habitual paseo y encendió el transistor. Los números de la suerte estaban a punto de salir así que se dirigió a su abrigo y cogió el boleto del bolsillo, lo desplegó y comprobó cómo, poco a poco, las cifras coincidían casi como un milagro con las suyas. Volvió a plegar el boleto y se fue a la cocina, calentó un poco de leche y se llevó el vaso a la cama, lo terminó pequeños sorbitos, colocó el boleto bajo la almohada y durmió profundamente.

Por la mañana se ajustó su sombrero de plástico y se dirigió al banco:

- Me ha tocado la loto- le dijo sin inmutarse al cajero.

El hombre le miró por encima de las gafas mientras comprobaba en la pantalla de su ordenador que estaba en lo cierto, sin reparar en su curioso sombrero.

- Pase por aquí caballero- le dijo mientras le acompañaba a una salita privada.- ¿tomará un café o unas pastas?

- No.

A pesar de su negativa el hombre de la ventanilla le trajo un vaso de agua. Le informó de que el director no se encontraba en ese momento y le aconsejó que guardara el boleto en una de sus cajas fuertes hasta que pudiera cobrarlo. El banco le adelantaría todo lo que le hiciera falta.

- Muchas gracias, caballero. Dejó el vaso lleno sobre la mesa y se marchó.

El hombre del cubo se convirtió de nuevo en  el centro de atención en el pueblo: “¿Recuerdas al tipo del cubo? pues le ha tocado la loto, dicen que fue el único acertante”, “pues a mí me han contado que su mujer está de vuelta. Ha dejado al piloto y viene a hacer las paces”, “Armando me ha dicho que fue con ese cubo a sellar el boleto. Parece un  tío raro pero en el fondo es un buen tipo”...

Manuel, el librero, decidió continuar con el negocio, llevaba puesto un cubo. Eusebio (el de la tienda de cubos) se estaba quedando sin existencias y se había reservado uno rojo chillón para los domingos. Germán (el panadero), Pilarín (la frutera) doña Adela y hasta el párroco, todos acudían al estanco, cubo en la cabeza, a sellar sus boletos.

Una mañana nuestro genial amigo se asomó a la ventana, el paisaje le pareció grotesco: decenas de personas caminando muy serias con aquellos ridículos cubos en sus cabezas, parecía como una gran partida de parchís donde los cubiletes cobraban vida.
Observó a su mujer junto a la cama con la bandeja de bollos recién hechos y el café con leche, miró con detenimiento el cubo que reposaba a los pies de su cama y con decisión se dirigió a su esposa:

- ¡Adoración!, coge ese cubo y ponlo en el fregadero para la basura. 


La ficha
2007

Otra vez era martes y de nuevo se encontraba desnudo frente a la puerta del comedor del colegio calzado con sus viejas deportivas. El resto de niños esperaba en la cola. Los que estaban más cerca de la entrada metían ya la mano en el bolsillo buscando la ficha. Doña Remedios se encargaba de recogerlas. La ficha era el pasaporte de cambio necesario para entrar. Julián se llevó la mano a la pierna derecha, había olvidado por un momento que era el segundo día de la semana y que como cada martes, estaba sin ropa a pocos metros de la entrada, sin ficha, sin bolsillo, sin pantalón. Los comensales iban entrando poco a poco lanzando satisfechos la ficha en el cajetín y doña Remedios cada vez estaba más cerca. No parecía molestar a nadie que Julián fuera desnudo, tampoco a él le preocupaba demasiado, lo único que le angustiaba de verdad era la ficha. ¿Qué diría doña Remedios? Julián ya podía imaginar lo que iba a suceder cuando llegara el momento. La directora del comedor, como cada martes, cruzaría primero los brazos, el pie derecho dando golpecitos en el suelo arriba y abajo, las gafas resbalando por la nariz de gancho casi a punto de caer. Después su dedo índice grueso y torcido a dos centímetros de su nariz y ese olor a rancio: “¡Sabes que no te puedo dejar pasar sin ficha, Julianín. Esto no puede seguir así. Voy a tener que hablar con tus padres para que tomen cartas en el asunto porque lo que soy yo, ya no sé qué hacer contigo!”

Julián empezaba a notar un sudor frío que empezaba en los pies y le recorría el cuerpo como un chispazo eléctrico hasta la nuca. Bajó la mirada y de pronto comprobó con horror que la zapatilla de su pie derecho no era como la del izquierdo; una verde oscuro con pespuntes amarillos a los lados, la otra rojo bermellón con estrellas azul celeste en las puntas. ¿Qué podía hacer? No podía disimular el despiste bajándose las perneras del pantalón porque ¡no había pantalones!

Dos chicos le quedaban para llegar a doña Remedios. Julián se secó nervioso las la frente. Bajó la vista a los pies y de pronto decidió quitarse las zapatillas.
Se agachó, desabrochó los cordones de la zapatilla verde y la dejó con cuidado en un lado de la fila. Repitió la operación con la izquierda, pero justo en ese instante, un muchacho de cara redonda y pelo ralo sacó su cabeza de la fila y mientras le señalaba con insolencia gritó: “¡Doña Remedios, doña Remedios, Julián se ha descalzado y sus zapatillas están en medio de la fila!” Todos se giraron de pronto para comprobar lo que decía el muchacho. Cuchichearon y le miraron con desprecio: “¡No lleva pantalones!”- decían unos, “¿dónde guardará su ficha?”- escuchó murmurar al primero de la cola. “¿Qué ocurre?” -preguntaba un despistado.  “Julián quiere entrar en el comedor ¡sin ficha!”

Decidido a terminar con todo aquello, recogió sus zapatillas y salió de la fila abochornado alejándose de allí tan rápido como le llevaron sus pies descalzos. Ahora todos le miraban. Señalaban sus pies y se reían mientras hacían tintinear sus fichas en el bolsillo de sus baberos recién planchados. En la puerta del comedor doña Remedios le vio alejarse y movía la cabeza con desaprobación, dándolo por perdido. 

En un banco cerca de la puerta se puso de nuevo sus zapatillas y salió confuso del colegio. Un bosque le esperaba al otro lado. Atardecía. Los árboles movían con brusquedad sus ramas y las hojas caían por docenas sobre un suelo verde claro. Olía al azahar que desprendían las flores de un campo cercano. Julián se dirigió al campo, se sentó bajo un frutal y esperó. Cogió una naranja, clavó la uña del dedo gordo sobre la corteza y la rasgó. Se miró la mano, su pulgar había quedado amarillo como la yema del huevo duro que tomaba cada mañana para desayunar. De pronto notó el intenso olor dulzón de la fruta. Se la llevó a la boca, le recordó a aquellos caramelos que le traía su abuela Adelina de Calpe. Se sintió tan satisfecho que apenas se dio cuenta de que oscurecía. Julián paso la noche entera comiendo las naranjas de aquel árbol hasta que lo dejó sin frutos, de pronto cayó rendido bajo las ramas. Un rayo caliente le ayudó a despertar. Llevó la vista hasta sus pies; llevaba las zapatillas de color negro, esas que tanto le gustaban y que guardaba para jugar a las carreras con sus compañeros de clase. Sus pantalones eran de color azul oscuro y el babero le llegaba a la altura de la rodilla, tan blanco e impecable como se lo dejaba cada mañana su madre junto a la silla de madera gastada de su habitación. En un acto reflejo se metió la mano en el bolsillo y palpó la ficha. Hoy era el primero de la fila. Doña Remedios le esperaba con una sonrisa resplandeciente. Tiró la ficha en el cajetín y escuchó su suave tintineo. Jaime, un chico de cara redonda le frenó cogiéndole del brazo: “Espérame a la salida y probamos juntos mi nueva bola de basket”. Con paso firme entró en el comedor. Era miércoles.



Es complicado

2007

Pues parece que ya lo he conseguido, me ha costado una pasta en mensajitos pero aquí estoy y anda que no está bueno a lo mejor si se dejara el pelo algo más largo ¡Qué follón! Vale, vale guapa no me empujes, ¡será posible la imbécil! Me gusta el sitio, ¿eso de la lámpara es una calavera? Tengo que cambiar las lámparas de casa. A ver si para ir a la barra me coge de la mano pues no, mejor espero a la segunda cita parece que va de romántico ¡Qué ilusión! Si no hay mano tendré que seguirle y ahora qué me pido tengo que salir más no tengo ni idea de qué se pide ahora, una caipiriña ¿será muy carca? ¡Dios, eso es una falda! Si parece un cinturón Tengo que renovar mi armario ¿y si me dice la tetuda de la barra que no hay caipiriña? Un gin tonic, no es muy original pero nuca falla, con estos pantalones no puedo ni respirar tenía que haberme puesto los marrones ¡Vaya culo que tiene! ¡Pero bueno, la camarera esa le va a poner las tetas en la boca! ¡Eh guapa que hoy es mío! Bueno parece que buscamos un sitio dónde sentarnos, sí aquí me parece estupendo no vayamos a perder la noche buscando un hueco de aquí para allá que estoy hasta las narices de los empujones, hala ya estamos sentaditos y ahora de qué hablo porque si saco el tema del curro voy a parecer tonta, vaya qué alivio parece que se arranca. Si, si cuenta lo que quieras que con esa cara como si te quedas calladito ¿He cerrado la puerta de casa? Uf, parece que le canta un poquito el aliento si me reclino disimuladamente no me llega, en cuanto dé un traguito al cubata ni se nota. Juraría que le he dado tres vueltas a la llave. Vaya ya tuvo que sacar el tema; que sí que el jefe un explotador y Juan Luís un maltrabaja  ¡no podrían bajar la música un poquito! Ay que me están entrando ganas de bostezar a ver si tosiendo se me pasan porque si bostezo con la boca cerrada se me pone una cara de imbécil. ¡Uy! Una manchita en el pantalón si la rasco un poquito, no, no se va.  Parece que cambiamos de tema ¡los exmaridos no por dios! Pues va a ser que ni con el cubata le sigue cantando y dale con los ex ¡tócame un poquito hombre! Mira esa chica tiene una camisa como la mía debe estar para lavar mañana sin falta pongo la lavadora y de paso arreglo esa baldosa que se levanta, si arrimo un poco la rodilla, ¡anda la aparta será pringao! No, si va a resultar que elegí al más muermo de toda la oficina, ¡y ahora se me pone a hablar de su madre, y cómo le canta el aliento! Que no, que no me lo tiro ni de broma ¿dónde estará el baño?