lunes, 19 de agosto de 2013

Historias de aquí y de allá.


Una de allá

Se sienta en el suelo de la plaza e intenta colarse entre la multitud. Es la primera vez que viene sola y todo parece diferente. Después de echar de menos alguna que otra sensación, empieza a disfrutar de pasar desapercibida (aunque puede que no lo esté consiguiendo del todo al fin y al cabo). Busca un lugar desde el que observar el vaivén de pasarela que da vida a la plaza. Elige un banco de piedra que comparte con otro observador. Le mira. Él viste con pantalón corto y sandalias. Tiene una melena castaña y sujeta un cigarrillo. De pronto le gustaban los hombres que fuman. Aunque no todos; odiaba a los fumadores que daban más protagonismo a su cigarro que a su propia mano, a los que lo exhibían como un trofeo y lo hacían danzar frente a tus narices para que los vieras con claridad. No, a ella le gustaban los que lo sujetaban como una prolongación de los dedos sin que te dieras cuenta que estaban ahí. Sin duda él era uno de esos fumadores que ademàs eran capaces de sujetar el quinto de cerveza en una carambola perfecta. Se miraron y en un segundo se dieron cuenta que pertenecían a esa misma especie de nostálgicos que había ido un año màs a la isla a disfrutar de la simplicidad de un plan alternativo cada vez más difícil de encontrar. Una mujer gruesa de pelo largo y sucio se sentó entre ambos y los dos sonrieron cómplices como si supieran que la improvisada carabina había estropeado un plan prometedor. Él movió sus gafas diminutas y redondas y ella respondió con una mirada esquivando a la mujer. Después, ella se levantó y se marchó. Se coló en un bar para pedir una cerveza, Coronita bien fría, y se sentó a disfrutar de los acordes de unos músicos improvisados. Después de tres canciones, él apareció. El cigarro transformado en colilla y el quinto a medio terminar. -Por un momento pensé que pasaría la noche solo"._le dijo. En La Terrassita sonaba a golpe de guitarra, My way.

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