jueves, 25 de julio de 2013

Historias de allá y de aquí


Una de aquí

El hombre del cubículo había heredado la empresa de su padre y como él tenía su propio espacio en el que trabajar, sólo que, subiéndose  al  carro de las nuevas tendencias y con la idea de modernizar la empresa, había decidido contratar un cubículo en una amplia oficina repleta de parabanes . Mientras los demás compartían espacio y conversaciones, él  se encerraba en su pequeño cubículo, aislado, discreto, minimalista y casi perfecto.

Estaba contento. Su padre solía decirle que en la vida hay que destacar y no era cosa de andar compartiendo espacios. Uno  debe tener su propio lugar para que se note bien que se puede, que la empresa prospera, que las empresas de verdad son las que tienen sus propios cubículos, ¡claro que sí!
Con esta idea, nada desdeñable, pasaba las jornadas el hombre del cubículo, seguro de sí. De tanto en tanto salía de su espacio para cruzar unas palabras con los personajes de la sala, las justas. Tan solo para que supieran que estaba ahí, en su espacio privilegiado y especial.

Sin embargo una mañana, alguien ocupó un lugar en la sala cerca de la ventana acristalada del cubículo y todo cambió. Llegó a la sala arrasándolo todo a su paso como un huracán sin levantar ni una mota de polvo. Se movía como en una danza.  Era imposible no mirarla. Te hipnotizaba, te envolvía, te atrapaba sin piedad.

El hombre del cubículo empezó a sentir la necesidad de verla cada mañana. Salía a rellenar su vaso de agua del bidón común más de lo necesario y esperaba con ansia a que ella se levantara siquiera para ir al baño justo al lado de su espacio especial.

Se levantaba cada mañana con el pensamiento puesto en recorrer el pequeño pasillo hasta su cubículo mientras ella le regalaba una discreta sonrisa.
Llegó incluso a pensar en desplazar la empresa a la sala. Se convenció mentalmente de lo beneficioso que podría resultar hacer nuevos contactos, idea que su padre desechó al instante llevándose las manos a la cabeza.

Después de unos meses sin atreverse siquiera a cruzar con ella más que un par de  palabras formales, el hombre del cubículo se armó de valor y decidió por primera vez por sí mismo y rompiendo con todas las reglas empresariales hasta ahora dispuestas por más de tres generaciones,abandonó su pequeño espacio privilegiado y pasó a la sala común.
Saltó de la cama, canturreó una canción inventada en la ducha y se dirigió a su nueva oficina.

Al sentarse en su nuevo espacio de pladur observó con horror que la silla de ella estaba vacía.

"¿Qué ha sido de la mujer que ocupaba ese espacio?" Preguntó al resto de compañeros de la sala disimulando su interés.

"¿Sandra?, se enteró que quedaba libre". Le dijo un tipo con gafas de pasta mientras señalaba con el dedo su cubículo.

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