miércoles, 7 de noviembre de 2012

Un miércoles cualquiera



Cinco y veinticinco de la mañana, escucho a mi perro lloriquear en la escalera. Necesita salir, me hago la sorda, puede que funcione. Sube y baja las escaleras. No aguanta más. Me levanto, es de noche, me muero de sueño. Le abro, se queda fuera. Seis y media de la mañana, Rebeca viene a despertarme, ha venido el ratón Pérez y ha perdido su moneda. Cuando nos levantemos la buscamos. Se hace un hueco en mi cama. Imposible negarme, tengo sueño. Siete menos cuarto abro un ojo, Rebeca me ha metido el dedo dentro mientras dormía. Repaso mentalmente; mochilas, uniforme, copia de seguridad, almuerzo... Aggg qué más da!, me levanto! Me lavo la cara. Me miro en el espejo, uf! Bajo. Saco al otro perro, abro todas las ventanas. Preparo los almuerzos, los desayunos y mi comida. Firmo la autorización para la excursión. Busco la libreta que le pidieron ayer en el cole (¡se la pidieron ayer por la tarde cómo quieren que la tenga esta mañana!). Desayuno. Subo a despertarles. Preparo su ropa: Rebeca uniforme, busco los leotardos, tienen un agujero, lo coso. Limpio los zapatos. Pau chándal, la camiseta le viene corta, la estiro, como si sirviera de algo. Vuelvo a despertarles. Bajan a desayunar. Me ducho en tres minutos. Esta tarde salgo a correr, me preparo la bolsa. Bajo a comprobar que desayunan. Subo a hacer las camas. Bajo a ponerles comida a los perros. Subo a arreglarme. Me asomo a la escalera para decirles que se peinen. Me visto. Me cepillo las botas (no me gustan los zapatos sucios). Cierro las ventanas de arriba (todas menos la mía). Bajo a la cocina. Cargo el lavavajillas. Cojo la copia de seguridad, compruebo que es la de hoy. La meto en la bolsa junto con la comida. Hace frío. Subo a por las chaquetas de los niños. Bajo a la cocina. Última comprobación; pelo, dientes, zapatos, mochilas, almuerzos chaquetas. Salimos. Se me olvidaba la basura. Busco la llave entre la docena que llevo en el llavero (al menos siete no sé qué abren). Abro, cojo la bolsa, la ato. Salimos. Tiro la basura. Subimos al coche. Comprobamos cinturones. Discusión por un libro de Mortadelo. Pongo a Fito. Cantamos, se calman. Carretera cortada a la altura de Bétera. Nos vamos por el atajo. Empieza a chispear, no llevamos paraguas. No nos importa, todos llevamos capucha. Llegamos al cole. Yo sigo cantando. Rebeca me mira con cara extraña. Me callo. Despedida. Al menos siete besos por barba. Salgo pitando, tengo que estar en Valencia a las 9,30. Busco aparcamiento. Un volkswagen aparca delante de mí. No importa, sigo buscando. Ahora es un Seat Ibiza. Tranquila a la tercera. Encuentro sitio en la puerta. Recojo los documentos. Subo a Náquera. Ya debe haber llegado el transformador de mi tableta. Entro en el despacho. Pregunto. No ha llegado. Miro el correo. Hay un problema con el equipo de ilustradores. Reviso la documentación, lo resuelvo. Me llama mi ex-socio, tiene un problema con un cliente, le aconsejo. Llama un cliente, tiene un problema con un pedido. Resuelvo la incidencia. Llaman de nuevo, ahora es mi socio, está agobiado, quiere que prepare un informe para la reunión del viernes. Me pongo. Se lo envío. ¡Cómo puede ser ya la una! Hablo con el servicio técnico de Wacom ¡necesito mi transformador! Dos y media. Comemos. Quedan tres pedido por salir, se terminan. Me cambio y me pongo las zapatillas antes de irnos. Conduzco hasta Ribarroja. Tengo al menos una hora para correr. Decido volver antes, se está haciendo de noche. Subo al coche. Me voy a por los niños. Paro en Mercadona, compro merienda (hoy se me ha olvidado hacer bocatas). Volvemos a casa. Los dos me cuentan lo que ha pasado en el cole (a la vez, por supuesto si no dónde estaría la gracia). Llegamos a casa. Preparo los baños. Reviso cabezas (en el colegio me han dicho que hay piojos ¡qué asco!) esta semana nos libramos. Jugamos a montar unos autobuses con cajas de cartón. Toca deberes. Preparo la cena mientras le enseño a Rebeca a restar llevando y a Pau las sílabas tónicas. Cenamos sin tele (si no, aún estaríamos cenando). Nueve menos cuarto, quince minutos de tele mientras recojo la cocina. Todo el mundo a cepillarse los dientes y a la cama. Me siento en la alfombra. Me cuentan sus cosas. Me cogen de la mano. Se duermen. STOP (.......)

Lleno la bañera, sal gorda, unas velas, Waterboys “Too close to heaven”. Reviso el video que colgué ayer en facebook. Es sorprendente cómo se puede conseguir que una máquina sin boca ni ojos consiga transmitir tanto. Qué lejos estoy. Salgo del baño. Reviso dos heridas recientes, una en la pierna y otra en la ingle, no importa, esas no duelen. Me visto. Encuentro una caja en el despacho. Hay un libro con una rosa seca entre las páginas. Es de Manolo, Manolito el del ultramarinos. Qué mal me lo hacía pasar mi madre cuando me mandaba a por café, creo que por eso no lo tomo. Me la dio una noche al salir de Jardines, después un beso. No sé por qué la guardo. Debajo del libro hay un montón de cartas. De Eva. Nos encantaba escribirnos cartas absurdas cuando estábamos en el instituto a pesar de que nos veíamos cada día. La versión ochentera de los whatsapps pero con sello de por medio. También está la muñeca de coletas que me trajo mi sobrina al hospital para que me diera suerte en la primera operación de las rodillas. Mi sobrina es especial. Cierro la caja. Cojo el libro de la mesilla y me meto en la cama. Desde aquí veo un bicho verde en la estantería. Me gustan los bichos verdes, es algo que me voy a tener que hacer mirar. Apago la luz. No sé por qué, hoy estoy muerta.

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